
Por Francisco Ziga Espinosa
El patrimonio cultural de la nación es producto de procesos históricos, es una realidad que se va conformando a partir de los intereses sociales y políticos del país. Son procesos complejos en donde intervienen muchos factores, sin embargo, el Estado utiliza el patrimonio con la finalidad de construir una identidad nacional uniforme, sin contradicciones ideológicas ni conflictos internos. Esfuerzos que, desde mi punto de vista, no se han llegado a consolidar; por ejemplo, una gran parte de los grupos étnicos no están incorporados a los procesos de desarrollo indispensables para el progreso de la nación mexicana.
En su conjunto, no podemos hablar de una sociedad nacional, porque no hemos forjado una conciencia basada en la necesidad e importancia de la cultura, como los pueblos europeos; duele decir que, teniendo un legado cultural tan rico y milenario, somos hoy en día un pueblo casi analfabeto. Los mexicanos no llegamos a entender que uno de los valores más altos a que puede aspirar el hombre es la voluntad de comprender y de ayudar a comprender, y que para poder llevar a la praxis este ideal, es necesario conocer los instrumentos que han enriquecido la capacidad de comprensión, como son: el ejercicio de una mente abierta, análisis serio y riguroso, tolerancia, discusión y diálogo. Éstas son las armas contra la opinión sectaria, el fanatismo y la propaganda ideológica. El trabajo y defensa por la cultura en nuestro país tiene todavía mucho camino por recorrer, y no se puede avanzar si no conocemos los principios básicos de libertad y cultura, como el apostolado por la investigación documental.